La ira es una tirana que se cree dueña de todo lo que palpita en los corazones, corazones que a veces se equivocan. Las palabras desaparecen cuando no alcanza la empatía, entonces los gestos hacen más daño que un grito.
No te llega mi pedido Sebastián… ¡¡¡No me oyes!!! ¡Perdóname! Demasiado es mi amor, el egoísmo me atrapa y mi mano adelanta ese dedo acusador aunque sé que te herí profundamente.
Los celos crueles, infundados acusan la pureza de tus sentimientos. Ahora mis lágrimas no valen la pena. Seguiré intentando recuperarte. Siento vergüenza por mi reacción… ¿Será que todo esto tiene remedio?
Acepto mi culpa y purgo el castigo de tu abandono. Comprendo que soy una loca apasionada que, por amor, te pierde y levanto entonces mi mano diciéndote adiós como a un niño.

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