Veo cada vez más difícil mi regreso, me prolongaron el contrato y no puedo dejar este requerimiento que ya no es un pedido, sino una obligación, un trabajo, por cierto muy bien recompensado, un dinero necesario para la economía de nuestro hogar.
Le hice una promesa y no la estoy pudiendo cumplir, a veces el amor es egoísta, demandante y no acepta explicaciones. Martin era así, mi muy amado esposo aceptó esta ausencia mía como si me hubiera concedido un permiso. “No”, le dije, “es mi profesión. Vamos aumentar nuestro patrimonio”.
Casi con desgano me despidió en el aeropuerto y ahí pronuncié mi promesa. “Solo dos meses amor, comprende”. Su beso helado, testigo de su propia inseguridad, selló la despedida.
Entre mensajes y videollamadas pasaron los sesenta días y hoy firmé otro compromiso con la empresa, ¿Cómo se lo digo? Otro mes sin tenernos Martín. Te extraño, necesito tu madurez para abordar esto; es por los dos, para la familia que decidimos formar. Además entre nosotros no puede haber permisos ni concesiones, todo tiene que fluir desde la confianza y el amor.
Sí, el amor todo lo puede y justifica, alas en nuestras almas para volar juntos hacia la libertad. Ya encontré las palabras, en un mes nos abrazaremos otra vez y oirás la perpetua promesa de no dejarte más.

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