Lo que nuestro querido amigo no podía, lo inventaba, con una sonrisa de oreja a oreja. Todos éramos víctimas de sus engaños pero era como un ‘permiso’ que le dábamos con nuestra credibilidad. ¡Qué sé yo! Pobre Martin, “El rey del mito”. A veces, incluso no necesitaba mentir pero lo hacía igual.
Un día lo rodeamos unos cuantos, lo queríamos, se veía tan débil con esta enfermedad. Estaba enfermo en serio, esa era su verdad. Uno de nosotros le preguntó ‘¿Por qué mentís tanto Martín?’ … Se quedó impactado, no pudo hablar hasta que confesó con lágrimas, ‘No puedo ser otra cosa que ser un mentiroso’.
Sus padres, unos perversos exitistas, lo habían criado así, un falso triunfante, un sabelotodo que tenía que ser ‘algo más’ para ser ‘hijo’. Martín era un muchacho como los demás, con aciertos y errores, no había podido ser él mismo.
Lo abrazamos tan fuerte y lloramos juntos esa tarde liberadora. Nuestra fuerza y hermandad rompieron con las cadenas de la vanidad y la soberbia. Hoy recordamos ese día. Estamos todos cuarentones y Martin es el rey de las verdades, de todas. Alguna mentirilla necesaria y piadosa siempre se le escapa… ¿A quién no?

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