El Narrador - OTROS RELATOS

Un pueblo pequeño, poca gente con voluntad para el chisme y la calumnia, especiales para ejercer la condena, a veces, de pecados no consumados. Un narrador como usted Don Abelardo, con un dedo acusador firme y muy inquieto, verdugo de las muertes del alma, ¿Por qué tanta insidia descriptiva sabiendo que hay muchos niños presentes en esta escena? Y para colmo condenando a una pecadora que era la madre de uno de esos niños.

Condeno como usted esta falta ¡Pero hubiera sido más flexible en el juicio! Alguien va a derramar un manto de misericordia sobre ese corazón pecador. ¿Sabe usted? Y Ernesto, a lo mejor, ya redimió a su madre. Hay alguien que perdona siempre.

Los corazones que se están formando necesitan de una limpieza, una purificación y no una barbarie de pensamientos destructores de almas. Revea su desarrollo en el texto, la madre de Ernesto no deja de serlo, pregunta por su hijo y teme por él. La impureza que la enferma la alejó de su hijo y presiente que algo le ha pasado.

Es víctima de sí misma y no sabe salir de ese atolladero de sombras. Había otros caminos para contar la historia, la prostitución vende cuerpos y quema almas. No colabore Don Abelardo, usted no merece ser tan verdugo, su pluma es excelente y su corazón puede relatar sin salpicar demasiado.

Me gustaría hablar en otro momento, sería un lujo hacer una fiesta de palabras.

¡Hasta pronto!


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