
Nos visita con su presencia de soles perseverantes, a veces demasiado agresivos. Entonces tratamos de protegernos bajo la sombra melancólica de una parra traviesa que se quiere escapar de las manos ligeras que de a poco la desnudan y las uvitas caen al suelo convirtiéndose en golosinas sabrosas.
Todavía aspiro esa maravillosa brisa frutal tan amada. Regreso a mi campo y le prometo venir mas seguido y me llevo a la boca una pera jugosa de agua. ¡Qué manjar! Saboreo su cáscara húmeda y agradezco este regalo de mi tierra.
Llega la noche y la luna, como una diosa, me saluda y compensa el volcán del mediodía. En las auroras me levanto temprano para no perderme el inicio del día, ese sublime momento, esa despedida. Todo se enciende y revive aunque esté nublado.
Amo mi campo, sus colores, sus perfumes…¡Hasta la bosta fresca que anuncian las vacas con su coro de mugidos! La naturaleza grita sus triunfos pidiendo que la respeten. Éste es mi homenaje al corazón de la tierra.
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