El Hilo Fugitivo - MICRORRELATO

Atravesé el patio, escoba en mano. Había que barrer. Todo muy sucio, tierra acumulada, pinturas deslucidas, descascaradas por el abandono de un tiempo implacable. ¡Cuánto dolor amontoné! La tierra en los rincones… No pude seguir, las lagrimas inundaron mis mejillas, unas cuantas se unieron formando un firme hilo de agua salada que fue deslizándose por mi pecho. Se detuvo por un momento, como saludando en despedida y luego corrió lentamente por mi falda hasta alcanzar las baldosas.

Agua sagrada de mis alegrías y mis pesares, agua con memoria, eterna compañía, la fui siguiendo. Ahora su paso era lento pero no se detenía, parecía decirme, ‘¡Vamos!’. Llegamos al zaguán, se oyó un sollozo y pensé que este hilo aumentaría su caudal pero me di cuenta entonces que era yo la que lloraba. Mi llanto se unió a aquel hilo plateado y pude acompañarlo hasta la alcantarilla. Ahí nos despedimos… ‘¡Al mar!’, le dije.

La sal de nuestros sollozos va por buen camino. ‘¡La casa está vendida!’, grité y todavía tiene vida. Un coro de risitas surgió de la nada. Mi abuela se presentó con un balde y me dijo, ‘Hay que juntar la tierra primero, María Cristina. El agua no quiere impurezas’. Y me dio la escoba. El patio brilló de nuevo y las macetas florecieron. Fueron los recuerdos, aunque la casa tenga otro dueño. 


Comentarios