
El mismo banco de todos los días en un espléndido parque, tan verde como una esperanza concreta. A Lucía le gusta un remanso en las tardes en ese lugar; el perfume de glicinas la convoca, o cualquier cosa bonita; un color, una voz canturreando algo, el silencio o un pájaro conversador.
Luis, en cambio, prefiere el bullicio, el crujido de las hojas de otoño que, como cáscaras, mueren secas al viento adornando en ese trance el descolorido verdor del estío ausente. Un día de esos preparados por el universo travieso, Luis se sentó en el banco solitario aplastando hojitas. Mirando la nada se encontró con unos ojos verdes, cruzó el puente de plata y el flechazo fue brutal; desde el otro banco Lucía lo miraba.
Ella acariciaba los cabellos grises de Luis. Sin decir nada se decían todo, confesiones de sus pasados, vivencias de otra vida, después de los cincuenta reverdece el brote y ellos sembraron otra vez. El remanso y el bullicio se abrazaron para conjugar un nuevo amor.
No habrá retoños peros si sorpresas, sus hijos concebidos, aquellos de antes, heredaron la ternura de sus padres y la aventura del amor hizo su trabajo pero con un romance de primavera.
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