Tomé una decisión, fue como una flecha en el centro del destino. Abandoné la mesita en la que estuve sentado contemplando nuestra ventana, el cuarto de los amores y las palabras, las caricias y aquellos besos. Casi no vi el cristal del barcito, tragando el último sorbo de un café frío y amargo.
Al mirar nuestra casa, desaparecen las puertas, las vidrieras y el aire... y así, asfixiado, cruzo la calle. El límite que nos separaba ya no existe. Oprimo el botón del timbre con la llave en la mano. No quise invadir la paz de tu conquista. Nuestra hija me recibe y un abrazo nos comulga.
No hay preguntas, ni reproches; todo se ilumina y nuestras mejillas se humedecen para calmar la ansiedad de los labios. Regresamos a nosotros, aquellos duendes de la noche bailarines de la pasión. Alguien labró los caminos sellando un documento de amor.
Pido dos cafés, en la misma mesa frente al vidrio que nos separaba. Allí está el nido donde todo comenzó..., era cuestión de cruzar.
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