Está siempre abierta sólo para mí. Cuando me pierdo en la realidad, atribulada con tantas promesas, necesito que me recibas en tu casa.
Abro la puerta pidiendo permiso porque respeto tu morada, como un extraño que no te conoce. No escapo, sólo quiero arrebujarme en mí misma, fusionando mis lágrimas en la porcelana de mi figura.
Allí descanso para seguir amaneciendo en mi otra piel, esa que se daña de vez en cuando y duele como un insulto. Eterno refugio de cristal, no quisiera verte roto, sino ¿adónde irían mis tristezas?
En un instante, giro sobre mi eje y regreso hacia las voces para unirme a ellas. Me aseguro de que la puerta quede cerrada; nada y todo ahí deben guardarse hasta que el universo venga a buscarlas.
El espejo me sonríe murmurando con su oscura voz… ‘Hasta pronto…’.
Comentarios
Publicar un comentario