
Esos pliegues en tu frente revelan algo que no comprendes. Tus ojos dibujan un dolor que te hizo daño y los labios poblados de surcos resecos pronuncian en silencio un ‘¿por qué?’ que ya te has contestado; esa fue ‘la guerra’.
La sangre bañó tu casa y los gritos poblaron los cuartos donde antes el amor cantaba frente al hogar encendido. Las intemperies curtieron tu rostro y la muerte te endureció el alma.
No te dejes vencer señor de la guerra, llora la sal de tus entrañas cicatrizando heridas y fertilizando de nuevo tu suelo. El cielo abriga tus amores y los cobijas con el recuerdo. Todo ha terminado ya. ¡Resucita la fe perdida!
Tu mano necesita una nueva siembra y la nueva cosecha pujará para nacer. Los campos te están llamando y aún contemplas las cenizas de una hoguera consumida. ¡Enciende un fuego eterno, ése que de los corazones rotos no se olvida!
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