
Un hogar encendido donde se quema la tarde cansada, las paredes tan blancas albergan un gran flota de cuadros rústicos y, presidiendo entre ellos, un enorme reloj de algarrobo que se cree el dueño de esta habitación.
Nunca está en hora, juega con el tiempo de mi vida, lo oigo reír. Cómplice de los cuadros, pretende engañarme y me abandona en la trasnochada lucha por organizarme. Soy la dueña de mi paraíso y no puedo fraccionar mis ratos en las horas y así pierdo el timón de esta nave solitaria.
El tiempo no me respeta ni yo a él. ¡Basta! Hoy me tomo, alegóricamente, el tiempo para retenerlo y explicarle que Yo soy su dueña. Quiero que me enseñe sus secretos para poder entenderlos. Ya no estaré perdida, estaré aquí y ahora.
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