Yo lo dibujaba con brazos, no me gustaba el cilindro de su silueta y además era mi amigo, uno más de nosotros, todo un personaje. Su boca grande siempre sonreía, saludando con su sombrero rojo todas las mañanas cuando íbamos a la escuela. Algún gracioso mala-vuelta le tiraba un pucho encendido, quemándose muchas veces cartas y nuestro querido buzón tosía y se ponía más colorado.
El tiempo sopló sobre nuestro calendario y algunos buzones fueron removidos de las esquinas. El cartero sólo llevaba las cartas en su enorme cartera azul y las oficinas del correo se multiplicaron así que, los populares vigías, quedaron olvidados y otros, retirados desnudando las esquinas.
Sin embargo, ‘mi’ buzón fue preservado de esa confiscación y entonces lo cuidé. Lo abrazaba en las noches cuando nadie me veía; un día decidí pintarlo para que luciera brilloso como antes, corriendo el riesgo de ser advertido, pero no pasó nada. A nadie le importó su presencia.
Uno de mis tantos atardeceres, me acerqué a él y noté que de su boca surgían llanto y congoja .Mi querido amigo lloraba balbuceando:
- ‘No me dejes. Ahora estoy viejo aunque me hayas pintado, dándome vida día tras día con tu compañía pero ya no puedo tenerme en pié. La intemperie me debilita y lo que es peor, no le sirvo a nadie. He guardado tantas historias de amor, pedidos de niños que tal vez no pudieron llegar a destino, fui un centinela de sentimientos… Hoy estoy vacío, ya no tengo a quien ayudar. Deseo descansar con mis hermanos. Estaré bien. ¡Gracias! Gracias por tu amor. llévame con los demás. Te amo y te voy a extrañar’.
Doy vuelta la esquina vacía. Alguien me dice adiós...

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