Atardeceres de otoños febriles, no hay hojarasca, ya se las llevaron todas los dientudos impíos, masticaron sus cuerpos arrasando los crujidos. No me di cuenta, amo las hojas muertas, hay que darles un tiempo para que metabolicen su entrega.
Pero luego me sumo al holocausto y disfruto el aroma cuando son encendidas. Tampoco vi cuando se convirtieron en antorchas, la próxima vez estaré alerta y seré yo quien comience la flama.La noche me oyó y me ofreció una lluvia crocante, busqué mi verdugo y juntos unimos el rebaño y antes de la hoguera lloré con ellas, pero extraño la alfombra, es un paisaje pintado sobre un césped pelado de otoño.
Espero los vientos o las brisas cariñosas que no arrastran, solo bailan con ellas. El perfume de su inmolación encanta a mi sentido, es ahí, en ese instante que vuelo con las hojas y Adrogué me abre sus brazos.

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