La edad no pudo borrar el brillo gatuno de
sus ojos, siempre quemando odio. La mano enérgica lleva una alianza pero ¿con
quién?, era casi imposible amarla.
La flor de su juventud marchita, el fuego interno no respetó su inocencia. ¡Oh, señora! ¿Quién intentó besar tus labios que, al recordar, tapas con el áspero yugo de tus dedos?
Imagino tu voz en grito grave y la ausencia de lágrimas. Has vivido derramado un llanto seco sobre la tierra yerma y no pudiste arrullar ternura ni acariciar la piel entre tus brazos. ¿A quién has castigado mujer reseca?
Hoy corre la savia por tus venas pero a lo lejos ya nadie te espera ni reclama. No te ibas a ir de este implacable universo sin sentir el cálido fuego eterno que nunca tuviste; flecha incendiaria dueña de los incendios.
Entrega tu alma guerrera; ya no sirve, hay otra que puja por nacer; llora con ella. Los ojos viajeros contemplan el ocaso, allí encontrarás otro camino. Todo comienza. No peregrines en la llanura incierta, las luces del universo te han perdonado.

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