Mis tardes de la niñez al regreso de la escuela, víctima de una jornada completa y de un viaje en el micro escolar; dolor de cabeza, olor a nafta y deseos de estar en casa… Pero la recompensa lo curaba todo. La ventana y la sonrisa de mi abuela, un ‘¡Hola!’ cargado de amor y fantasía; la dueña de los mejores cuentos, ambas nos esperábamos todos los días.
Hoy el espejo me devuelve un retazo imaginario, una sola ventana, la misma, sin fantasías sin sonrisa. Me devoré muchos caminos y aquí estoy empachada de tanta vida. Te necesito abuela. Creo que ya es tiempo de contarte mis secretos aunque sé que los sabés todos desde que estás arriba.Una mañana encendiste una luz, me estremeció tu ronquido. Grité sobre tu pecho pero fue imposible volver a encenderte; tu luz se apagó de a poco… Despidiéndote, comenzabas el viaje.
El privilegio de la vejez, es saberlo casi todo. El sosiego nos arrulla en la bonita cuna al nacer de nuevo. ¿Será cierto o es solo una quimera? Si lo creo, es verdad, ya no hay secretos.

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