El viejo reloj, regalando horas con sus números romanos, decretando un tiempo que siempre se va, llevándose imágenes grises, décadas pasadas llenas de recuerdos, algunos presentes hoy.
La calle Corrientes populosa, vestida de teatro y copas... Y a lo lejos, el obelisco se yergue vigilante dueño de la noche. El tango, siempre el tango, nos envuelve; es el hilo conductor de la histórica noche porteña.
La llovizna moja profusamente las vías de un ferrocarril, activo todavía, donde se cruzan venas circulantes con la esperanza de llegar a destino.
Las vidas se duermen en un ocaso melancólico, no hay regreso. El enorme reloj no hace tac-tic, solo tic-tac y así nos marchamos para no volver, como soldados en una victoria, héroes de la lucha de vivir aquellos días.

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