
Te vi acercarte directo a mí, no obstante, miré hacia atrás para ver si era a mí a quién te dirigías; me quedé quieta sorprendida esperando una palabra que jamás llegó. Tu presencia me fascinó, tu mirada penetrante, mansa pero decidida. Estabas muy cerca y levantaste tus manos haciendo un juego de dedos que no entendí; hice un esfuerzo para seguir la broma luego, me di cuenta de que no lo era.
Me paré ante ti y tomé tus manos tan cálidas, me encantaron; fue como tener tu alma entre mis manos. Te ofrecí mi cuaderno y al leerte comprendí todo; un flechazo divino nos había unido. París encendió sus luces y nos regaló un milagro. Desde ese día nos amamos en todos los idiomas, aunque ninguno tenga sonido, sólo el rumor de nuestros besos y el fragor de nuestro amor.
Comentarios
Publicar un comentario