Triunfo - MICRORRELATO


Pequeña blanca y compañera pero ya me quedaba chica; las rodillas chocaban con el amplio manubrio, me sentía segura en mis recorridos en las veredas del Parque Centenario. Mi padre me había comprado una hermosa bicicleta negra de ruedas anchas, lustrosa, imponente, esperándome recostada en el árbol del jardín. Días tras día, la saludaba con respeto sin pensar que podía ser su amiga.

Una tarde me acerqué con tentación y recelo, la toqué acariciando sus brillos y la quise por primera vez pero nada más. El tiempo pasaba con sus hermosas mañanas que me invitaban y yo con la más absoluta cobardía fingía indiferencia. Mis diez años anhelaban vencer el miedo a la caída, quien sabe qué tormenta oscurecía mi deseo.

Una atardecer de mi complicada existencia corrí hacia el árbol y sin pensar monté la bici; por supuesto, el asiento me quedaba muy alto y así comencé a andar. La incomodidad que ofrecía el rodado, todavía grande para mí, hacía que mis tobillos se lastimaran sangrando pero no me dolían. Los pedales herían mi piel, ¡Qué placer! Había conquistado el triunfo de vencer mi temporal.

Unos aplausos me volvieron a la realidad, mi padre festejaba mi conquista y mi madre venía con el alcohol. Mis tobillos se veían tremendos y comenzaron a doler; no importa la batalla estaba ganada. A la mañana siguiente me levanté como una heroína y, sobreponiéndome a mis ardores, saludé a mi bicicleta negra y arranqué otra vez pero esta vez me pude sentar. Papá acomodó el asiento y tuve un mejor andar con los tobillos vendados testigos de mi voluntad.

Desde entonces, cada triunfo de mi vida, acaricio mis tobillos aliviando mi alma, abrazando mi corazón.


Comentarios