
Hija de un padre sin principios, un animal holgazán, siempre cansado hasta para delinquir, encomendaba a sus criaturas al robo y la mendicidad. Dentro, el chino ordenaba a su hija con una paternidad oriental, la prolijidad de las góndolas mientras un aburrido cajero bosteza la tarde.
Entra la jovencita sacando el arma pesada del bolsillo, casi sin poderla sostener grita “es un asalto”. El chino, acostumbrado, rompiendo su nostalgia, hizo llenar a su hija una caja con alimentos. Un idiota sanguinario, un policía que el chino contrató sin probar su destreza, malogra esta escena que pudo haber sido menos peligrosa; encañona a la niña asustada, ella deja caer el arma que el miedo resbaló de sus manos. La muerte se hace dueña, cae la pequeña señorita llorando sangre y miseria.
El chino se desespera, la locura de ese crimen injusto es culpa suya. Su hija paralizada suelta la caja pero está viva, profiere insultos en una lengua mezclada abatiendo con golpes al asesino imbécil, quien patéticamente se desploma en un grito de esos sordos, los que más se oyen en el universo.
Esta nostalgia dominguera ha cambiado, hoy es una tragedia; ha muerto una inocente. Afuera un domingo se desintegra, la lluvia apaga el fuego, las bocas enmudecen y la genuflexión nos hace pedir perdón para siempre.
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