
Hoy abro la puerta de este nido tibio y tan nuestro, la misma cama de una plaza que elegimos para encontrarnos en aquella cita de verano, ‘algo pequeña’ dijimos y luego el espacio no importó. Bendita disponibilidad que nos unió para siempre.
Aunque ahora estoy solo con el recuerdo, cierro la puerta y me zambullo en el colchón sagrado tratando de ahogarte en besos como aquel día. Pasaron los soles y las lunas y aún te espero, y siguen pasando. Mis manos vacías te dibujan pretendiendo darte vida.
Dos golpes secos suenan en la madera dura de la puerta. Salto vigorosamente y quiero abrirla pero tengo miedo, mis oídos alucinan y me detengo. Es el espejismo traidor que me asesina nuevamente y vuelvo a perderte sin haberte hallado.
Esta cabaña es nuestra, la he comprado hace mucho tiempo, desde aquel adiós tuyo al cual no pude resignarme. Aquí estoy, dueño de tu ausencia, de tus ojos y del perfume de tu vestido. ¡Oh, prisionero, me has hecho olvidar que estoy vivo! Te llamo con un pensamiento fuerte; ojalá puedas oírme.
Siguen los golpes en la puerta, son verdaderos... Me decido y abro. Te veo fresca y temerosa con un niño de la mano. ‘Hola. Nuestro hijo quiere saber si hay lugar para los tres en la pequeña cama y además, quisiera ir a pescar mañana’.
Mi corazón imagina y veo imágenes furtivas que un día pueden ser ciertas. Te pienso fuerte y te llamo intensamente. Me bastaría con saber la causa de tu partida. Y así, te vuelvo a perder todos los días.
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