La Mano Cerrada - OTROS RELATOS


El puño apretado aprisiona las horas y los cielos acunados por los vientos,
ellos cumplen su misión abrazando los ratos elegidos que deseamos evocar.
El patio bosteza en un estío casi místico, el ritual de la siesta,
el silencio apaga las risas esperando el mate en el zaguán
y todos despertábamos aunque no se hubiera dormido.

¿Qué pasa si abro la mano?
Se escapan los amaneceres de invierno, tan crueles para ir a la escuela,
pero la abuela traía el abrigo tejido por ella y se abría la puerta.
La señora del bastón con puño dorado esperaba el impulso para erguirse,
camina unas cuadras saludando a todo el mundo festejando su victoria.

‘Te presto la bici, pero solo una vuelta’, una promesa incumplida,
eran como cuatro y así pasaba el verano, provocando a los ruidosos ventiladores
y llegaba el carnaval, chapoteando en los patios peligrosos los grandes y los chicos.
Había tiempo de mojarse, el resbalón y el ataque de risa. ¡Había tanto tiempo!

Se fueron esos días, después llegó la marginación del límite,
ahora siempre se hace tarde; los helechos mueren de sed en las macetas
y la abuela clama desde arriba y nadie le presta atención.
En aquella libertad dormían los relojes. ¡Ay! Mejor mantengo la mano cerrada.


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