
Un código de lágrimas inventa el antídoto para el dolor. ¿Qué sabía yo, que iba a pasar esto? No puedo escapar pero tampoco lo haría si fuera posible, prefiero quemarme en un fuego sagrado donde las cenizas se vuelvan sangre.
No somos guerreros porque nos robaron la guerra, no somos prisioneros, aún gritamos en el fondo del pasillo. Alguien solloza en silencio, una congoja brota de un pecho doliente, la convulsión del llanto anuncia una muerte, un estertor hecho voz se despide del mundo y nos quedamos tan sólo con un éxodo de palabras.
La poesía y agoniza, la están ejecutando. ¡Ayúdenme, sólo no puedo cortar la soga! Hay tantos verdugos en este patíbulo, forzudos señores que se ríen todo el tiempo escupiendo la burla sobre los vivos con un aliento asesino.
El enemigo está vencido. Escribiremos con sangre, con savia de hojas ramas. Reciban entonces a la flor que en este torbellino se engendra. En nuestras plumas inquietas nacerá otra vez la poesía.
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