
Estoy haciendo un estudio de mercado de este sesgo social en que me encuentro. Las edades oscilan entre veinte y setenta años más o menos, señoras veteranas, chicas en edad de merecer, chicos indefinidos, señores maduritos, algunos ya pasados de cocción; en fin, lo que hay en plaza.
De pronto advierto la presencia de una señora grande, no es una anciana, no lo es, tampoco es joven; la piel bronceada y un cabello matizado en azul enmarca su rostro agradable y distinguido, una sonrisa blanca y todavía seductora. ¡Qué señora! Ríen sus enormes ojos pardos agitando las espesas pestañas. La contemplo y me dedica una mirada de terciopelo.
Puede ser mi madre pero no lo es, mi hermana mayor pero no lo es; me atrae. ¡Qué belleza tan especial! Brillan sus labios húmedos, algo quiere decirme. Y en este momento descubro el señorío de una dama. Bajo la cabeza, evito su mirada. Respeto a la señora; me enamoro de la dama.
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