Se hunde el barco...
Un hombre solitario, fiel habitante de la sombra, inspira muy hondo; al mirarme vierte una lágrima y comienza su relato.
Agobiado por un destino tan injusto como perder a sus padres en el mismo día, ahí se inicia el camino tortuoso de su existencia, cuando de un plumazo deja de ser hijo. Pedro sobrevive en medio de la sangre, su vida se convierte en la constante apología de la muerte y el reinado de la ausencia.
A pesar de todo, apuesta a los designios del corazón, construye su nido y forma una familia casi perfecta, dos hijos hermosos y, la mujer, también perfecta. Margarita su esposa rompió la burbuja de contención donde todos estaban protegidos entonces, la intemperie espiritual modificó sus vidas.
Pedro no pudo reflotar ese barco, todo se fue sumergiendo en la desazón, en aguas amargas. La burbuja se había perdido y no se puede navegar al garete, el barco se hunde, la carga es muy pesada y Pedro sólo consigue reflotar aquella sangre de su niñez y huye abandonando el nido.
No puedo continuar el relato, ya no veo, mis ojos ante el espejo se ahogan en la sal de mis lágrimas. Me llamo Pedro, ojalá que alguien pueda darle fin a este cuento...

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