En un rancho mal techado se colaban hilitos de lluvia, arreciaba una tormenta estival en una mañana desapacible en General San Martín. Dentro de la humilde vivienda una mujer paría con dificultad, el marido recibía entre sus manos a una sana niña que lloró al instante cuando el aire denso reinante entró en su cuerpecito dando vida a esa alma sorprendida. El agua traviesa se asomaba bajo la puerta, parecía que hubiese querido dar la bienvenida a la criatura. El padre lloraba de emoción y de tristeza, pensaba en silencio, ‘otra boca para alimentar y otra hija para compartir la pobreza entre seis hijos más’.
El tiempo pasó, María tenía tres años, el hambre se hacía sentir, la familia ya no podía sostenerse. Y fue así cómo se dispersó rápidamente. Los varones mayores quedaron junto a su padre para poder llevar el rancho delante, las tres mujeres fueron a vivir a Sáenz Peña con una familia en una chacra en mejores condiciones. Ella era la más chica de todos y muy sensible receptora de todos los conflictos, de todas las penas, siempre estaba enferma somatizaba la vida a través de los pulmones y el poco alimento no alcanzaba nutrirla; se secaba como una hojita.
Fue así como María llegó a Corrientes. La llevó el médico que siempre la había asistido, él y su esposa se radicaron con la niña pues no tenían hijos. El hogar de los Álvarez contuvo a la pequeña hasta los diez años. Sin embargo, ella no era feliz, el matrimonio no le ocultó su origen, entonces ella ante una distracción de sus padrastros se subió a un carro para ser levantada por un camionero en plena ruta, quién le hizo muchas preguntas a las que no pudo contestar. La niña le preguntó, ¿señor, está muy lejos General San Martín? Voy a la de Los Rodríguez de Quebracho Viejo, ¿me lleva?
María, bajita, regordeta, con su pelo lacio brillante y trenzado y un vestido azul a cuadros llegó al rancho donde había comenzado su existencia. Estaba más desvencijado y lúgubre que antes. Buscó a Concepción, su madre... Ya no vivía, sólo encontró un hombre cansado y enfermo que no pudo alegrarse al verla. Los muchachos estaban trabajando el campo de otro y las tres mujeres ya no estaban en la silenciosa vivienda. El núcleo familiar se había desintegrado.
Así descubrió que estaba sola, como siempre, pero esto tenía un sabor distinto, un sabor salado, el mismo de la lluvia aquella que le dio la bienvenida una de madrugada. El doctor Álvarez buscó a María pero no logró encontrarla, tal vez no quiso, sabía internamente que la niña había regresado a Quebracho Viejo. María Rodríguez se hizo cargo de su padre y tomó las riendas de su casa. Cocinaba para sus hermanos que engullían sin decirle gracias. Atendía las necesidades de su padre que, por supuesto, eran muchas y complicadas; era un hombre seco y viejo, una sombra que caminaba de un lado a otro sin rumbo alguno.
La muchacha creció fregando hasta que quedó sola, más olvidada de antes. Sus hermanos se fueron de a poco, abandonando la jovencita dueña de casa y ni siquiera enterraron a su padre. Pese a todo, María siguió limpiando el rancho, iluminándolo de vida y esperanza. Trabajaba en casas ajenas ganándose el sustento diario, lo hacía contenta, estaba en lo suyo, en el nido que la había abrigado siempre, a pesar de la miseria y de las lágrimas; esas paredes de adobe, testigos de su primer grito de vida.
Ya tenía 20 años la jovencita, no era conveniente una mujer sola en el campo, así María tuvo que despedirse de Quebracho Viejo; un ciclo se había cumplido. Partió a Buenos Aires donde consiguió trabajo muy pronto. Volvió a limpiar pisos de otros, el sufrimiento la conmovía pero no logró endurecerla. Una lucecita le entibiaba los días, pero la vida le pasaba sin atravesarla, sin tocarla. La pasión, el amor, una familia eran palabras extrañas para ella, parecía como preservada para un destino lógico de otras mujeres.
Tanto trabajaba, tanto, que las canas la sorprendieron una mañana en que el espejo le devolvió una imagen muy fuerte, la de una mujer madura. Le costó peinarse, casi no pudo terminar su rodete. Una tarde una amiga la invitó a tomar unos mates y, en medio de la charla Pedro, un primo de Juana recién radicado en Buenos Aires, irrumpió simpáticamente alegrando a las dos mujeres. Fuerte, cuarentón y jocoso le agradó a María y más aún, cuando éste manifestó haber nacido en Quebracho Viejo para luego trasladarse con su familia a Sáenz Peña, donde ella tenía raíces.
El corazón de la mujer latía tan fuerte que, por un momento, creyó morirse. Colmado el pecho pudo seguir participando de este momento tan diferente a todos los que había vivido hasta entonces. Pedro estrechó con María una genuina amistad, tenían un compañerismo excelente, como decía él, ‘somos sapos del mismo pozo’. A ella le molestaba que él la comparara con un sapo; ‘sólo es un dicho’, le decía Pedro tentado de risa. El espejo mañanero de aquella mujer era muy consultado cada amanecer. Mojaba su cara fresca y hacía su rodete con dedicación. Acariciaba sus canas y emprolijaba sus sienes con sus dedos cansados y gruesos.
La pareja se acercó tanto, el uno al otro, hasta que la necesidad los unió repentinamente. Se sorprendían, estaban amándose; el lenguaje del cuerpo no dominó sus impulsos. Desde ese momento no se separaron nunca más. Están trabajando como encargados de un edificio muy alto, una torre. Ella se siente en las nubes. En las mañanas pasa el trapo en los brillantes mosaicos de la entrada vigorosamente, la fuerza del amor hace que esos pisos brillen reflejando su cara regordeta, su pelo tirante y el rodete perfecto.

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