
Lucía no precisaba encender ninguna lámpara, ella era toda la luz.
Los veranos para ella eran insufribles, la agobiaba el calor; ella sabía que el sol era luz y que la luz producía calor.
Los tiempos pasaron y un día Lucía se miró al espejo en la penumbra de su habitación. El metal de su cinturón se acopló a los bordes del espejo produciendo un destello de luz. Comenzó a llorar y sus mejillas se bañaron de sal. Encendió una lámpara, secó su cara y se encontró con una muchacha brillante bañada de luz
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