
Nos reímos muy fuerte festejando vivencias, contando pesares, aliviando los bagajes de tantas cosas. ¡Qué capacidad la nuestra, por Dios! Todo en las espaldas sí, un atadito de luchas y sinsabores donde la ingratitud se presenta y nos azota. Entonces, nos abrazamos y llorar es la consigna; como se dice por ahí ‘si querés llorar, llorá’. A veces soltamos lágrimas de alegría, tras algo o alguien nos regala una sonrisa.
¡Cuánto tiempo la mujer callada! En esos tiempos, aún bajo el dominio de una sociedad aburrida e implacable, la dama, la señora, la joven, la ‘otra’ también hablan. Aún más necesaria era la catarsis. El hombre se enorgullecía de su despiadado machismo ignorando el jolgorio de sus mujeres, todo era entre ellas, claro, se estaba gestando la libertad femenina.
Vivimos de la palabra, cualquier cosa nos provoca un diálogo, un pensamiento en voz alta, pero el límite existe, las bocanadas de las palabras sin sustento amenazan la calidad de las conversaciones. Filtramos las emociones salvando así nuestros discursos de los machos depredadores.
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