
En este cuarto literario mi abuelo paterno pasaba sus días de escritor. Los años 50’ le dieron una vida intensa en plenitud, los escritos pululaban ensayando aquellas páginas inolvidables. Recuerdo que mi padre contaba que a los cuatro o cinco años entraba sigiloso como un gato, caminando sobre la alfombra, en una mano un chupetín y en la otra el osito amarillo, el que ahora estoy tocando. ¡Qué emoción! Están aquí los dos, todavía latiendo entre recuerdos frescos y páginas viejas.
Papá está dentro del armario custodiando las vivencias para que nadie se las lleve, para que las compartan con todos los que quieran. Encuentro un proyector Super 8 y alcanzo a ver varias películas; elijo una y conecto el aparato, me cuesta un poco, todo está tan polvoriento. ¿Funcionará? Y así comienza a rodarse una filmación. ¡Qué magia sin sonido, nada más que el zumbido del rodaje. El abuelo joven, ese, seguro es papá, llora y alguien le acerca el osito. Me muero de ternura. ¡Qué lindo es penetrar en el mundo de los que se han ido!
Sí, somos hechos con otros caminos, guiados con la brújula de los consejos. De pronto me devuelve a la realidad el llanto de mi nieta, es una beba todavía. La película se termina, alzo a la nena y le prestó un rato el peluche. Un poquito nada más.
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