En el ángulo donde convergen las hebras doradas, justo en esa esquina se apoya una repisa en su base angular acompañando el encuentro de las paredes; tiene tres estantes de mayor a menor, de un lustre perfecto, un oscuro caoba, sus columnas torneadas separan los pisos de esta señorial repisa.
En el primer peldaño, un brillante marinero de porcelana ofrece su sonrisa, a sus laterales dos perritos dálmatas de distinto tamaño parecen custodiarlo. En el estante siguiente, una dama antigua vaporosa luce sus tules aporcelanados en un rosa evanescente, es tan ampulosa con su canasta de flores en una mano y la sombrilla roja en la otra que, por supuesto, no hay más espacio para otra cosa.
Y así vamos llegando al final del pequeño mueblecito. En el último peldaño vemos a un niño pequeño con su jardinero cuasi dorado y el sombrerito verde; sonríe y casi habla, ¡es tan real la expresión de su carita! A los costados, dos gatitos blancos duermen en su sueño de cachorros llevando en el cuello un moñito verde.
La repisa no está sola. A la derecha le hace compañía un enorme cucú y, a la izquierda, el cuadro de Utrillo la mira de reojo. ¡Qué hermosa tu repisa, querida Magdalena!

Comentarios
Publicar un comentario