La Paloma - CUENTO


Se levantó una mañana y, como lo hacía siempre, agradeció el nuevo día a ese Dios en quien, por momentos, no creía; pero una mirada insospechada borraba el hastío de su rostro y entonces ya sabía qué hacer, organizado sus pensamientos y la prolijidad de sus primeras palabras. Tranquilizaba a los otros que no podían dominar su desorden interior.

Clara abría la ventana de su cuarto y el fresco exterior besaba sus mejillas dormidas, era el mejor beso, el de la naturaleza. El de su madre lo había perdido hacía tanto tiempo que ya no recordaba el calor de aquella ternura. Dicen que el amor de madre no se olvida pero para ella, fue tan penoso que, sus mecanismos la defendieron de aquella pesadilla de ausencia y abandono.

- ‘Papá, ¿quién es esa señora que te llama?’, y papá no explicaba, contestaba con evasivas. Clara ya sabía; en la escuela una compañerita tenía madrastra. Cuando aprendió esa palabra tan difícil para decir y para sentir, ya tenía una. Lucía le enseñó muchas cosas, entre otras que las niñas a partir de los diez años debían irse a dormir antes que los mayores, sin decir hasta mañana y el beso, el beso era una costumbre nada más, cosa de chicos. ¡Diez! Como si el amor se escribiera con números.

Así Clarita se acostaba y en el silencio de su cuarto se preguntaba porqué su papá se había olvidado de aquellos años con mamá en la mesa y esa sonrisa que usaba para enojarse y para besarla. ¿Cómo permitió que Lucía cambiara las cosas, aquellas tan valiosas, tan fuertes? ¿Cómo iba a crecer en ese desconcierto, en ese frío rincón en que la habían arrumbado? Comprendió entonces que su padre la había entregado a las manos de Lucía, una bellísima mujer perfecta y elegante, era como una muñeca bien terminada, de esas que parecen humanas, una mujer sin emociones. Nada exteriorizaba, ni el enojo ni la alegría, estaban en un lugar que ella no conocía.

Un día a la hora del té la niña fingió torpeza y derramó el té de la taza que cayó rompiéndose en pedazos que se enterraron en la alfombra. El oscuro líquido derramado tiñó el pantalón color natural de Lucía que se levantó de repente sin decir nada. Llamó a la mucama para que limpiara todo y volvió al rato con un pantalón azul marino. ‘Clara debes tener más cuidado’, fue lo único que dijo y la tintorería solucionaría seguramente ese detalle sin importancia.

Una noche Clarita se fue a la cama más temprano, le dolía el estómago, se retorcía. Más tarde, en su cuarto, llamó unas cuantas veces a su padre y decidió levantarse. Se acercó al dormitorio donde dormían su padre y su madrastra, golpeó con sus nudillos acalambrados por el dolor pero no hubo respuesta. Un rumor raro le inmovilizó, eran voces muy bajas, susurros y risas; comprendió entonces que no había lugar para ella. El dolor había desaparecido, el ahogo de una angustia contenida tomó su lugar e invadió su pecho.

La paloma que la visitaba todas las mañanas no vino esta vez. Clara se extrañó. ¿Que la habría demorado? Sin embargo, se hacía tarde. Tomó su té con leche y mordiendo una tostada comenzó a vestirse. Activó el contestador automático, cerró la ventana y se marchó a la guardería.

Una mirada de control a los empleados y las caricias de siempre a cada bebé; algunos dormían recién alimentados, otros llegaban de los brazos de su mamá o algún papá apurado. Luego recorría la salita del cambiado de pañales, la cocina, las mamaderas esterilizadas, un saludo a Rosita la cocinera y se encerraba en su agradable oficina decorada con dibujitos de los más grandes. Un arbolito de Navidad desparejo lleno de globos desproporcionados de todos colores, una casita diminuta con un enorme sol que con la boca abierta parecía comérsela, barquitos zozobrando en las olas grandes bajo un cielo de pájaros flacos.

Manuel estaba por llegar. Sacó el porta-cosméticos de la cartera, el espejo y se pintó apresuradamente. ¿Para qué? Si él no lo advertía. Esos enormes y profundos ojos azules la paralizaban, un cosquilleo interno la trastornaba tanto que perdía el control del tiempo y su esquema perfecto se desintegraba en un instante; él la reprendía reclamándole organización en el trabajo. Manuel, su socio, su amigo de toda la vida, no sabía que él era la causa de ese maravilloso caos que tanto la excitaba.

Rosita golpeaba la puerta todas las mañanas a las nueve con un café doble para él y uno chiquito para ella. ¡Cómo lo amaba! Siempre, desde la adolescencia. Ël no estaba enterado, era esa clase de hombres que pasan por la vida sin detenerse, con mucha prisa, como volando muy alto sin advertir que abajo hay tierra firme y gente esperando. Eran casi las ocho de la noche. De nuevo la recorrida por todos los cuartos silenciosos. ¡Qué feo suena el silencio! ¡Qué agudo! Ni un llanto, ni gritos de capricho, los pasos ausentes. La última en llegar, la última en irse. Ella cerraba la puerta de ese mundo de leche derramada, pañales mojados y ropita acumulada.

Siempre cerrando puertas, cuidando el sueño de los otros y, cuando abría la puerta de su casa, otra vez el silencio, le hablaba al oído golpeándole el alma. La paloma no volvió, seguramente había migrado con otros rumbos. La extrañaba, ahora las mañanas también eran silencio; el contestador vacío, el aire con perfumes viejos. Sonó el teléfono, ese convidado de piedra testigo de los olvidos, Lucía quería saber cómo estaba; en realidad, era para pasarle el último parte médico del estado de su padre.

Aquella mujer tan perfecta, tan gélida, con sesenta años que no le pesaban; sin huellas sin rastros, ¡Claro, los años se caían sobre el corazón de su padre! El buen vivir preserva y dignifica; no era el caso de esta mujer artificial, la conservación era obra del no sentir, del no sufrir, del mantenerse al margen de la lágrima, al costado del calvario de los otros. ¡Qué horror tener la sonrisa dibujada, la caricia obligada y la patética mirada de cálculo! ¡La orden, las manos vacías y la boca helada!

¡Cuánto amaba a Manuel! Tanto que temía perder esas horas burocráticas que su pequeña empresa le demandaba. No importaba, ese tiempo era suyo, era eterno, ella lo convertía en fuego y se quemaba. A veces Manuel le recordaba a Lucía, su indiferencia, su ‘todo tiene que estar bien’, ¿por qué? Si algo se rompe y se derrama, un vidrio estalla o un grito explotan las paredes, ¡eso es vida, eso es la flama! Pero Manuel estaba distraído. Ella leía en esa mirada la noche estrellada, presentía los latidos guardados y los labios húmedos de tibieza reservada.

Una mañana como tantas, apurada, se dirigió a la cocina a preparar el té y, mientras éste se enfriaba, se maquilló sin saber porqué tan sobresaltada. La paloma ausente era un recuerdo en la ventana. Sonó el timbre y, al incorporarse, volcó el té oscuro que humeaba tiñendo su pollera color natural, no le importó. Abrió la puerta y Manuel entró sigiloso con las manos ahuecadas en el pecho, entre los dedos, una ala blanca se asomaba. Lo miró a los ojos y se encontró con un cielo azul encendido.



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