La Llovizna en la Ventana de mi Abuela - RELATO BREVE


Estoy escribiendo el título de la tarea, ‘Dictado’, cuando un ruido muy fuerte me sobresalta; la monja se sorprende, se asoma el ventanal que da al enorme patio principal. ‘Son aviones’, dice y sale corriendo. Quedamos solas y atónitas. ¿Aviones?

Sí, uno y otro, sucesión de vuelos rasantes; nosotras con la percepción del niño intuimos que algo serio estaba pasando. Los niños saben todo aunque no puedan entenderlo. Yo estaba segura que algo nos amenazaba, quise gritar ’¡Mamá! pero la disciplina rígida de esos momentos, en donde el oscurantismo asomaba todavía con sus vestigios tenebrosos, me lo impidió.

Regresó la ‘monja-maestra’ y, sin explicar nada, con una orden enérgica, nos condujo al sótano que abarcaba el enorme perímetro del gigante Colegio María Auxiliadora de Almagro. El miedo a la maestra era más paralizante que el ruido de los aviones, así que no hubo alboroto. Éramos un ejército de ‘niñas-ovejas’ muy asustadas; el olor a humedad comenzó a hacer estragos en mis bronquios y ahí, en ese instante, dije ‘Quiero ir con mi mamá’. El miedo de la monja hermana Antonia hizo que me llevara a la enfermería, no sea cosa de cargar con una niña con un espasmo peligroso.

Los aviones no detenían sus vuelos ¿Era esto una guerra? ¿Pero cómo? ¿Por qué? Al rato comenzaron nuestros padres a retirarnos; la veo a mamá y corro a sus brazos entre sollozos y una tos compulsiva. Emprendimos la vuelta a casa, esas ocho cuadras fueron un calvario donde los temores aceleraban nuestros pasos. Al llegar, veo la ventana de la abuela y ahí dejé de toser, ya se abrían las puertas del amparo.

Abuela y yo mirábamos a través de esos vidrios apenas salpicados, las personas caminaban demasiado rápido, compraban alimentos, mi madre también. ¿Qué pasa abu? Mirá esos soldados, ¡están corriendo en camiseta! ¡Ay! Uno golpea el vidrio. Pobrecitos, con esta llovizna... Pero mi madre temerosa se resistía a brindarles ayuda alguna, decía a voces ‘¡Mamá, no habrá, están desesperados!’, pero abuelita abrió y les dio ropa vieja y un poco de pan. Entonces pregunté, ¿Estamos en una guerra? y me explicaron entre las dos que los señores del gobierno se tenían que ir para que viniera nosotros y estaban peleando.

Me acordé de los soldaditos, eran muy chicos y corrían desprotegidos, pero abuela les había ayudado con lo que pudo para mitigar su espanto. Papá no volvía del banco, me puse a llorar. Si la calle estaba tan complicada ¿cómo iba hacer para llegar a casa? La radio decía cosas terribles y mi padre, en el corazón de la revuelta, en el banco que daba a la Plaza de Mayo. Luego, avisaron que estaban acuartelados en el subsuelo del edificio... ‘Bueno’ pensé, como yo en el colegio. En fin, igual lo queríamos en casa, en nuestro refugio, donde en la ‘cocina imaginaria de nuestro hogar’ se cocinaban los sentimientos, los amores y los besos, ingredientes sagrados para el ‘pan de vida’.

Al otro día todo era silencio, la radio con su enorme boca prometía más palabras inquietantes describiendo los incidentes actuales y los por venir bajo un riguroso toque de queda, y papá fuera de casa. Al tercer día, como en una resurrección, mi padre, barbudo y desmejorado, nos abrazó casi llorando. Salté de alegría, se había completado la célula de nuestro hogar. 

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