
Sí leemos, claro que le leemos, lo hacemos estáticamente con la velocidad de un reloj que parasita en un tiempo segmentado y soso en la cocina de una lectura distraída y estéril. Se ha perdido el sabor del relato, no podemos degustar los manjares ofrecidos, total, ¿para qué deglutir si nos alimentan como el águila hace con sus pichones? Ella lo hace por amor pero a nosotros nos fagocita una sociedad de consumo y terminamos siendo uno de ellos.
La TV avanza, nos convoca y aglutina. Hay que saber elegir los ingredientes para elaborar nuestra ‘comida’. Algo sirve, algo nos comunica, pero ‘el paso al costado’ debe estar presente, cada paso es un pensamiento sagrado.
Si dejamos de pensar, esa anorexia verbal terminará con nuestro cuerpo espiritual. El pregón constante proclamando la cultura del trabajo está presente demandando rapidez, fogoneando con luces que ciegan los verdaderos valores. Convivamos con él, pero limitemos su barbarie.
El teclado nos espera ávido de palabras con un verdadero contenido... En nuestro escritorio hay lugar para un libro o dos, enseñémosles a convivir.
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