
La claridad no se extingue y la noche es apariencia, nace entonces la lujuria de una aventura en la soledad de las ruinas de un edificio sombrío y eterno en donde se refugian las almas rotas pretendiendo vivir, otra vez, el calvario de estar vivo pero ignorado.
El hombre inédito transita los atajos y trepa por los acantilados en un vértigo brutal que lo convierte en un delirante que pregona un amor distante hacia una mujer etérea y transparente. En la metamorfosis de su pensamiento, lo etéreo pasa a ser carne, color y mundanidad. La mujer vulgar y ridícula no suspira rosas, huele a vicio, pero también ella no advierte su presencia.
El abanico grande de personajes se abre y las voces se agigantan, cada uno proyecta su temperamento a través de las imágenes de sus figuras, todos ejerciendo un rol, no saben que son sobrevivientes de una imposible resurrección. ¿Quién ha muerto en realidad? ¿El perdido condenado? ¿Faustine es sólo un sueño deseado o es la condena de este hombre que huye por la tangente?
Lo ignora y no puede gritar su pánico, un páramo en virtual compañía quema la esperanza de que alguien o algo lo rescate. Los días se suceden pero no sabe que sólo son secuencias que su mente imagina, no hay chispazos, nada se enciende, no hay hoguera de vida. Los personajes se retiran, pues se han ido de la mano de la muerte en un ilusorio viaje.
Sí, el buque ha partido y, sin saludar, emprenden el regreso hacia un puerto conocido donde los silencios los protegen para que no pierdan el triunfo de haber vivido. Morel es una sombra y Faustine la esperanza de un amor alguna vez correspondido; tal vez, cuando él se atreva a cruzar el ‘puente de plata’, dirá a voces bien oídas, ‘Faustine está conmigo’.
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