
Llegó la mujer cansada y perdida con un lamento silencioso en la mirada. Se sabía perseguida, el escape era la única salida. ¿Cómo explicar, cómo hablar, si nadie la escucharía? El pecado ajeno era muy pesado para llevarlo en andas.
El cansancio doblegó el espíritu, pero no pudo cargar la culpa. Cuando los impíos la acosaron para robarle la inocencia ella dijo:
- “Ante estos hombres no puedo responder”.
La recién llegada cerró la puerta decidida a no volverla a abrir, clausurando una historia dolorosa. Usó sus últimos recursos para recuperar lo perdido. La fe, la oración y la debilitada inteligencia, honorable bagaje dentro de la ‘maleta de la dignidad’; jamás perdió este equipaje al que nadie le dio importancia.
‘Maleta de pobre’, pensaron, ¿a quién le interesa?, que se la quede, total ya se va del pueblo con sus trapitos. La inocente, con su pequeña maleta, mordiendo un pañuelo rosado para no gritar, abandona el pueblo; la condenaron por defender el cuerpo y salvar el alma.
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