
La humedad impregnaba el afuera, golpeaba en las ventanas, pretendía pasar por debajo de la puerta pero no pudo. Pablo había previsto esta situación colocando espesos burletes en todos los espacios y recovecos que suelen quedar.
La cabaña era cálida, los troncos gruesos, las maderas lustradas de un machimbre majestuoso; aunque los leños eran refractarios, simulaban muy bien ser quebrachos ardientes crepitando en el silencio.
¡Pablo esperaba desde hacía tantas horas! Se cansó de leer, miró televisión pero no por mucho tiempo. Marcela estaba tardando demasiado. Se puso de pie y comenzó a caminar recorriendo el perímetro de la alfombra verde y carnosa... Cuatro líneas, cuatro cuadras, cuatro minutos.
Marcela abre la puerta, él interrumpe la marcha nerviosa que lo había poseído; un beso frío y un abrazo pálido. Se debilitó, algo estaba pasando. Nunca se habían separado, todo esto era nuevo para él, este reencuentro, no era lo esperado.
Lo que Pablo no sabía era que Marcela también estaba siendo víctima de una espera,
la de ‘poder decir, explicar, confesar’. Su ausencia fue una mentira, ella no sabía mentir
pero tenía que encontrarse con Marcos para cortar ese maldito hilo conductor que la estaba acosando.
La espera la condenó a varios días de remordimientos. La atracción la encegueció enmudeciendo sus labios, pero estaba segura, la piel no falla y el corazón tampoco; los abrazos eran para Pablo y los ardores solo para él ¿Cómo pudo tentarse si lo tenía todo? Pablo lo intuía. ¡Si él vivía en el interior de su alma!
Los dos esperaban, despejar esta niebla para abrazarse, abordar los silencios y atropellar el fracaso… Cuatro palabras, cuatro caricias, cuatro besos.
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