La Confesión, el Silencio de un Escritor (La Fuga) - CUENTO


Las imágenes pintadas con el matiz pastel de las metáforas, es el susurro sibilante de una brisa romántica invadiendo los textos; la voz quebrándose en letanías, así Marcos Juárez ensayó la poesía en cada atardecer, en cada noche desvelada. Llega el momento de la partida, la maleta negra y el corazón desbordado. El desprendimiento, dejar el pueblo que lo vio nacer, un pueblo chico donde las identidades estaban como fichadas en las nóminas pueblerinas.

De Buena Esperanza a Buenos Aires, tan cerca y tan lejos, tan desconocido y tan complicado; una aventura, un desafío, un abismo. Muchos lo intentaron, algunos regresaron vacíos, otros quedaron atrapados por el gigante seductor que, con sus luces cegadoras, los había deslumbrado para luego quedar en el olvido. Él pensaba si, perdiéndose en el fulgor de aquellas luces, esas que encandilan los ojos, se haría daño.

Temblaba, casi no podía coordinar los movimientos. Con dificultad entregó el equipaje, tomó asiento y abrió la ventanilla; inspiró profundamente como queriendo llevarse todo el aire sagrado de su pueblo, aquel que lo dejaba ir, lo despedía con la caricia de una brisa y el perfume de un pasado imposible de olvidar. El equipaje, la soledad en el alma y la esperanza en el corazón.

El soplo de la vida lo empujó a la ciudad y alguien se detuvo ante esa hoja amarillenta escrita con la vieja máquina de su padre. Una tecla, borbotones de palabras queriendo ser leídas, hermosos pensamientos, silencios y confesiones. Algo que decir, algo que dejar, en la tierra, en la piedra y en el agua. Al iniciar cada escrito Marcos precede con unas reflexiones, como queriendo transmitir lo que le ocurre por dentro: “Para mí la literatura es el cofre de las viejas memorias, a veces se me hace difícil, no puedo subir hasta el altillo”.

El muchacho se instala en la ciudad y los libros comienzan a nacer, como hijos deseados, uno tras otro, con un estilo particular. Los lectores, seducidos, lo leen, lo interpretan, lo admiran. Él escribe con tibieza y lo lee con pasión. Hoy está sentado en un enorme sillón de cuero rojo, de esos en donde el cuerpo se derrama vencido ante una mesa plagada de noches amanecidas, de tazas humeantes y cigarrillos encendidos. Paredes cargadas de libros lo custodian preservándolo de todo vestigio mundano que pretende interponerse entre él y su inspiración. ¿Acaso hubo hechizos, quizás magia? Sólo Violeta sabe la verdad. Ella es la que ordena los papeles, abandonando la batalla en silencio, la que acaricia los cabellos de un Marcos cansado y cabizbajo, ella es la reina de su sombra, la que, negando el sol, cubre los vidrios con telas espesas opacando los brillos de una vida que desperdicia; se consume en la fama de tu piel.

El escritor no puede seguir así, no se puede despertar sin antes haber dormido. El abismo lo atrae, lo fagocita poco a poco, está sumergido, no sube a la superficie y se ahoga en el vacío. La fuga es fatal, la ráfaga es muy fuerte, no hay matices ni pinceles y las letanías caen como porcelanas rotas. De aquellas hoguera no hay cenizas, volaron tan pronto cubriendo todo con su espeso manto. Violeta sopla el polvo, esa capa blanca por todos lados, tapando las cosas, los testigos y los recuerdos. Nadie lo vio regresar, nadie pregunta, sólo ella sabe la verdad.

La casa está cerrada. La mujer deambula por los cuartos, la biblioteca oscura y polvorienta anuncia el destierro de Marcos Juárez. El escritor ya no está. Amanece en Buena Esperanza; detrás de las cortinas el sol entibia los vidrios. Violeta toma una determinación, decide abrir el sobre y una voz surge del papel de aquella carta diciendo: “No puedo subir hasta el altillo, no encuentro la escalera, pero sé que el cofre está entreabierto y mis ojos también”.

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