
Abro la puerta de mi departamento en planta baja, al pasar olvide mirar el pequeño buzón que corresponde a mi departamento. Abrí la puerta y entré en ese living amplio, todo para mi, me deslice y sentí el placer de la cosquilla de una alfombra en mis pies; el perfume de un sahumerio recién consumido aumentó la magia. ¡Qué hermosa soledad! Yo sin mí, yo conmigo, yo contigo.
El reloj me avisó que eran ya las seis de la tarde, ese viejo péndulo que no se olvida que no atrapa horas, las regala, las ofrece; a veces no las quiero, las quemo, las mató, las olvido. De pronto el timbre me sorprende, se corta el silencio, mi único recurso, mi único alivio; es Lucía, la señora de arriba, esta dulce mujer que me acompaña a veces en estos silencios furtivos con la melodía de su piano.
Estira su mano y me entrega una carta, un sobre pequeño, casi infantil, más grande que la tarjetita personal apenas. Le agradezco y cierro la puerta. Cuando me doy vuelta me doy cuenta que ni siquiera le pregunté nada, me quedé como paralizada y ella también; ella lo que quería era darme la carta sin ningún tipo de explicación, a lo mejor no se animó, en la carta diría las cosas que no pudo decir verbalmente, ¡qué sé yo!
Me intriga pero no la abro, el papel es cálido, me transmite paz, tan chiquitito. Lo abro atropellada como siempre, casi lo rompo; adentro encontré una tarjetita blanca con una letra simple que decía, ‘Gracias Cristina por estar cerca’. Me conmuevo, me emociono... ‘¿por estar cerca?’ si ella es la que está más cerca que yo con ese piano que me transporta, con esa dulzura, con esa sonrisa.
Y bueno, estas cosas a veces no tienen explicación. Estoy sorprendida y al mismo tiempo tan perpleja, tan emocionada. Sigo disfrutando de este lapso de tranquilidad que me va a durar poco, dentro de un rato comienza el ‘Ma..., hola Ma’, esos divinos ‘Ma’ porque tenía todos mis hijos, entonces ya tenía el día colmado.
Gracias Lucía por esta alegría, cuando la vuelva a ver se lo voy a decir y, si me animo, voy a ser yo la que toque el timbre, pero sin cartita, porque yo puedo, yo puedo hablarle a Lucía y ella ya está grande, y a lo mejor este momento no lo puede transmitir. ¡Gracias Lucía!
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