Te busqué en esa multitud ardiente de voces compulsivas y sudores intensos; no pude encontrarte y ese fue mi primer fraude. Mi paso cansino y desvencijado esa noche anunciaba mi llegada en la calle silenciosa. El convento de paredes ocres y opacas contenía mi sombra alargada y sola, tan sola como un alma errante; era lo mismo que reír en una fiesta donde las lágrimas son carcajadas.
Al día siguiente me despertó el joven Prudencio; el mate estaba listo. El frío mañanero me castigó la cara y en ese momento recobré la memoria, me dije ‘basta’.
Esa misma tarde no quise creerlo, estrujé el papel, no hubo mensaje.

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