Julia y la Arena - CUENTO


Julia no resistía la ansiedad, eternizaba los últimos minutos, luego divisaba el mar, ese gigante verde ahora, tal vez celeste mañana. El agua ondulante y activa con bordes de espuma bajó la escalerilla embriagada. El aire salado le producía una alegría especial, a pesar de que siempre que hacía este viaje, esta sensación la remontaba preservándola de la rutina.

El micro hacia Mar del Tuyú la estresaba, la distancia que la separaba de sus olas era enorme, era como una niña esperando a Papá Noel que, al final, llegaba con la bolsa cargada de almejas, arena y gaviotas. Las ventanas se abrían saludándola, el verano la recibía con brisas tibias entonces, sacudió las alfombras y desvistió los muebles, la cocina, el dormitorio y el pequeño y confortable altillo, el comedorcito forrado en madera, un pequeño hogar poblado de retratos y cenizas esparcidas.

La vida quedaba encerrada en la casita y Julia abría los armarios resoplando enojada. Emilio usaba la casa y dejaba todo a la miseria, Paula y sus amigas dejaban toallas sin lavar y lonas con arena, ¡claro, vivían el hoy, mañana mamá se haría cargo! Y así lo hacía mascullando por lo bajo, ‘Ya se las verán con el futuro’.

Hacían ya cinco años que Pablo no estaba. ¡Cómo necesitaba esta casa la mano de un hombre! Y ella, ¿cómo pudo resistir esta ausencia? Sin embargo, ahí estaba todos los veranos, abriendo la puerta, limpiando soledades. Esa noche descansó arrullada por ese conocido rumor que venía de afuera. ¡Cuántas estrellas, todas encendidas! ¿En cuál estaría su amor? En todas y en ninguna.

Recordó entonces esa mañana helada en la rambla, toda encapuchada. Carla se burlaba, estaba muerta de frío. ¿Cómo estará Bariloche? Se estaba preparando para ese frío tan esperado cuando un muchacho, alto y rubio de cachetes colorados, la sorprendió con un salto repentino. Era marplatense, tenía puesto sólo un buzo, ella no lo podía creer, ¿no sentía el viento helado? Su amiga se reía aún más que antes al verla tan asustada.

Pablo ya no la asustaba, la llevaba del hombro, le decía cosas y ella se ponía colorada. Se casaron tan rápido que ya no tendría frío, aquel muchacho le abrigó la vida. Cuando llegó Emilio, y Pablo volvió a saltar como aquel día, estaba enloquecido. Después vino Paula, ¡Qué nena zalamera! Los bigotes de chocolate, un llanto cubierto de pecas en brazos de su papi, siempre en el agua, siempre se perdía.

Julia espera el día. El mate cocido humea en la taza verde y las tostadas aguardan en la panera de rafia que su amiga le regalara alguna vez. ¡Cómo había engordado! Los cuarenta le habían cambiado por fuera pero seguía siendo un adolescente de risa contagiosa. Estaban madurando juntas, Carla y los mellizos tan iguales a Santiago eran un plan perfecto parecido al suyo de años atrás.

La muerte los separó en un día luminoso, en una tarde tranquila, súbitamente. Lo lloró mucho tiempo, la nube de sueños que juntos formaron se disolvió como una burbuja. Julia se quedó sin las ilusiones de Pablo, le quedaban sólo las suyas, incompletas y borradas. Las campanas del domingo la llamaron a la realidad, debía ir a misa, necesitaba escuchar los rezos ajenos ya que no tenía nada que decir, ni que pedir. Pero el hecho de entrar en esta casa pequeña y silenciosa donde sólo las almas hacían ruido, la hacía sentir cómoda y obediente.

Para ella todo era’ debo’, ‘tengo el deber’, pero no sabía para qué ni para quién. Se sentía mirada y por eso daba cuenta de todo sabiendo que nadie lo pedía. Esa proyección la cansaba, sin embargo persistía en esa crónica actitud. El camino era gris, sólo un pequeño destello la guiaba. Los días pasaban parejitos, el sol la bronceaba, la ropa clara contrastaba, reflejaba ese mar que la iluminaba. Estaba preciosa, la melena oscura le caía espesa sobre los hombros dándole un matiz sensual y fresco; la madurez estaba en pleno.

Una tardecita fresca el aburrimiento la desesperó, no quería leer más. Había mucho viento, decidió caminar por la arena húmeda y firme dejándose tocar por el agua salada que le hacía cosquillas en los pies. De pronto, mirando fijo comenzó a contar los pequeños agujeritos que se abrían a su paso, se arrodilló apoyando la canasta en la esponjosa superficie y se dio cuenta de que eran almejas. No pudo resistir la tentación y se puso a escarbar con las manos; era difícil, estos bichitos escurridizos se escapaban.

Miró la canasta y sacó de ella un cuchillito con el que había cortado las manzanas. Así estaba mejor. Atrapó un montón y las guardó en una bolsita. La sorprendió un atardecer rosado que se desmayaba en el agua. ¡Qué lejos estaba! ¿Tanto había caminado? En una mano llevaba la bolsa y en la otra el cuchillo frío; lo apretó entre sus dedos helados y se detuvo. Sin darse cuenta estaba escribiendo en la arena, leyó con preocupación como quien deja un mensaje importante para que sea bien entendido.

El cielo se cubrió de lucecitas inquietas; de improviso una fugaz cayó salpicando a las otras con sus destellos y se esfumó apagándose. Julia se incorporó en un salto y echó a correr hacia la casa. Faltaba poco para llegar. Ahí en la puerta estaba Carla esperando con su risa contagiosa, y le dijo:
- ‘Hola, ¡estás muerta de cansancio! ¿Adónde fuiste?

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