
Las hermanas se reparten las tareas en los otoños, los veranos, las primaveras perfumadas y los implacables inviernos. En el patio los helechos reinan majestuosos, son las creaciones de Isabel; los pájaros cantan, Claro los inspira con la máquina de coser.
Los delantales blancos crujen en las faldas de las dos, se visten de tardes doradas a la sombra de alguna ilusión. Los sillones de mimbre conversan su soledad esperando curiosos las visitas de hoy, entre ellos hay uno más pequeño, ese es para vos. El perfume a vainilla anuncia una torta que crece en el horno de Isabel.
Ellas son testigos de una vida que se fue, un tiempo olvidado que reviven cuando alguien las viene a ver; no dejes de evocarlas, el patio todavía está vestido de verde, poblado de silencios. Ellos ya no cuentan ni dicen, sólo trabajan, se mueven de aquí para allá.
La ropa que Clara cose no tiene dueño y los budines de Isabel son de papel. Los pájaros en la jaula revolotean sin cantar; las puertas están abiertas y ninguno echó a volar.
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