
Elena Ibáñez
Nacida en Cartagena, Colombia
58 años
Institutriz
Estudió en Francia
Estoy con Enrique en mis brazos, lo acuno, lo protejo, lo abrigo. ‘Yo sola para vos hijo’ Lo miro con ojos culpables. Tu papá no te conoce, sabe de mi soledad de madre sin hombre, sabe de mi pobreza, de mi sorpresa; yo no sabía que el amor era esto.
Mi madre, una comadrona italiana, dura, viuda de papá colombiano. ¡Qué curioso! Las dos estamos sin nuestros hombres. A uno se lo llevó la muerte, al otro se lo llevó la vida.
Mamá, ¿por qué me dejaste tan olvidada en aquel colegio de las afueras de París? ¡Qué frío hacía en esos claustros! ¡Qué penumbra me envolvía! y afuera ese sol que brillaba para otros. Cada verano sin vos. Mis compañeros se iban con sus padres, yo me quedaba tocando el piano, ese piano que me transportaba a través del tiempo y la angustia de saber que no vendrías a buscarme.
Mi francés se perfeccionaba y mis manos de dedos largos acariciaban ese piano compañero. Era una señorita perfecta pero cautiva, con un alma triste y seca. Un día vino mi madre a buscarme. Nos embarcamos una mañana fría; dejé el colegio en invierno pero no fueron vacaciones, me tocó emigrar pero sin vuelo. Mamá me arrancó de Francia como se arrebata una flor en el atardecer, casi sin tallo, casi moribunda.
Luego, el naufragio, el miedo, el agua oscura y dulce. El Río de la Plata casi nos traga en su oscuro lecho. El Hotel Lancaster me abre las puertas y el francés me ayuda y, así, me gano la vida, así comienzo a saber que el dinero que recibo, mi sueldo, es mío, sólo mío. La miró a mamá y le agradezco con la mirada, mis labios están sellados. No sé todavía quién es, en verdad no la conozco pero su abandono en aquel París lejano hizo que aquella señorita perfecta pudiera lucir su francés y sus melodías al piano.
Leer fue mi pasión, leer y leer, recorrer el mundo, volar en un vuelo espontáneo y vagabundo con rumbos impensados. Siempre estuve sola y aún quiero estarlo. Quise hacer lo que mejor sabía, trabajar como institutriz, estar con niños pequeños, me encantan, necesitan dedicación. Sus padres son presos de una vida social intensa e inexorable donde los hijos pasan a manos ajenas de personas elegidas y muy bien preparadas. Me gusta entretener a los niños, me uno, soy uno más de ellos pero marco el límite en el momento clave.
Una tarde llegó a casa de los Magallanes, Juan González La Rosa, un amigo del señor. Nos miramos. ¡Qué buen mozo! Alto, nariz aguileña pero armónica, ojos pequeños como inflamados y un cutis brillante, bien afeitado, un traje gris impecable. Me presentaron como la nana de los niños Magallanes, me estrechó la mano, en ese instante quedé cautiva de un amor envolvente, una bruma cálida y fuerte. Me sentí viva, desperté de ese letargo en el que siempre estaba, había llegado mi príncipe. ¡Qué aventura! Me asusté, casi hui de la sala espantada.
Pasaron los días. El señor Juan venía muy seguido a la casa, era muy querido, su magnetismo era evidente para todos.
-’Elena ¿por qué no me cuenta? Sé que vivió en Francia. ¿Cómo es eso?...’
...
- ‘Elena, tomemos un té, los chicos están en la escuela.’
- ‘No puedo, los señores no están.’
- ‘No importa, tengo que esperarlos.’
...
- ‘Elena te amo, pero no puedo dejar a mi familia.’
- ‘Juan, estoy embarazada, vamos a tener un hijo. Juan, ¿mi amor no lo justifica?’
- ‘No Elena, no es eso, soy cautivo, no soy libre.’
Mi bebé es igual a Juan pero es sólo mío. Él no lo quiso. Mi mamá me ahoga, a Enrique también. Lo llevo con unas personas muy buenas, ellas podrán amarlo con libertad. Yo no puedo, no sé volar con mi hijo.
Hoy Enrique se casa, estoy emocionada. No perdí ni un momento de la vida de mi hijo. No estuve de continuo con él pero solventé toda su niñez y apuntalé luchando su adolescencia y seguiré haciéndolo hasta que la muerte me lleve en sus brazos. Hoy es un hombre. Tengo una nieta, una sola, la adoro, se parece a Enrique. Le voy a enseñar francés, ¿me dejara la madre? Este pecado de amar nadie lo comprende. Mi hijo piensa cuando le hablo, jamás habla de su padre, pero yo sé que es una herida muda en su corazón y una llaga en el mío.
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