El Zaguán - RELATO BREVE


Largo y angosto, como el camino que hoy transito. Me atrapan los espejos de agua en los cuales no puedo dejar de mirarme y veo un hombre cansado, un peregrino sediento de verdades. Hoy la nostalgia me empuja hacia adentro, pero escapo, huyo, como un ladrón descubierto. No puedo afrontar esta propuesta de un destino del cual soy totalmente artífice.

En mi carrera desenfrenada llego hasta el reloj del pueblo y ahí me arrodillo clamando por mi abandono, pidiendo ayuda con llanto ahogado y mudo; el dolor de llorar para adentro. Me acerco al muelle y salto sobre un gastado bote, me silva un viejo de gorro blanco y me doy cuenta que debo pagar el viaje sin rumbo que intento hacer. Le entrego el dinero al hombre y observó su rostro curtido por la intemperie.
- ¡Ojo, tenga cuidado! La laguna está picada maestro’.
- ‘Descuide, soy chascomusense’, le digo y me retiro remando despacito.

Es cierto que está revuelta el agua pero no me importa, siempre me mantuve a flote, aún en el cemento de Buenos Aires con una marea constante. ¡Nací en Chascomús, qué tanto! Mi bote se mueve peligrosamente, me asustó un poco pero sigo con los remos, hace años que no lo hago, ya se me ampollaron las manos ¡qué ardor!

Desde el muelle, el viejo botero me hace señas para que vire y regrese; me da bronca ,me hice el héroe y ahora vuelvo como un cobarde. Pero, ¿qué pasa? Algo se alteró en esta foto; junto al viejo hay una pareja, agitan sus manos hacia mí. Son mis padres. Quiero gritarles, ‘Ma…, Pa…’, tampoco puedo, parece que el sufrimiento me deja sin voz. De pronto advierto que mis padres se diluyen en el aire.

Entrego el bote y el viejo me dice:
- ¿Vio que le dije que estaba brava la laguna? Usted más que nadie lo sabe.
Comprendo y reconozco a este hombre, es Pedro, el marinero de mis viejos, el que mantenía yatecito impecable y así se lo entregaba mi padre. Navegaba como los dioses pero un día la señora laguna decidió interrumpir su viaje abriendo sus fauces. Hace veinte años de esos veinte años en que me devoraba un mundo que crecía mis pies.

Ahora huyo de aquella tarde trágica y seguiré gritando en silencio sin poder decir nada, tan solo como quedé ese día. Sí, tengo que irme. Salto sobre mi auto y acelero por la costanera, busco la ruta, está bastante vacía por suerte, en hora y media llegaré a casa pero comienza a picarme el ojo derecho y me lo restregó una y otra vez, no puedo más tengo que parar.

Es alergia, tengo una ampollita en el párpado. Bueno, ya pasará. Enciendo el contacto y retomo el camino. Estoy en Atalaya, segunda entrada. Vuelvo a Chascomús, ¿qué es esto? Llegó a Libres del Sur, doblo en Lastra, detengo mi auto y me bajó. Desesperadamente atravieso el zaguán, golpeo los vidrios de la segunda puerta y recuerdo que, en mi pueblo, las puertas durante el día no se cierran con llave y entonces grito muy fuerte... ¡Abuelaaaa...!

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