Arsenia López - RELATO BREVE


Una espesa bruma negra y un olor agresivo y penetrante sofoca la entrada y, al fondo del corredor, el ronroneo de un motor completa esta patética escena de ahogo y ruido. De pronto un taconeo martilla los ennegrecidos mosaicos, surge una una figura alta, delgada, aterradora, tan negra como las nubes de la combustión.

Como un ébano reseco detiene su paso, es una silueta sin sombra entre las sombras, una erguida mujer de rodete; los cabellos tirantes de un brillo majestuoso enmarcan un óvalo de cobre opaco, los ojos de azabache y la mirada desafiante.

Los camiones van llegando y con ellos los hombres cansados y el alma triste esperando la inquisición, el control de las mercancías, el grito brotando de esa boca reseca y descarnada, aliento de arsénico, dedo de flecha saltando de un lado a otro. La entrega, la humillación, el viático impago y el insulto; castigos por errores inventados por la señorita López.

Ella y su lápiz rojo que, casi mágico, cabalga por las hojas blancas de una pulcra libreta negra delatora. Ella y su empresa, ella y la descarga, ella y los salarios, ella siempre a la carga, el látigo en la voz y la espada en la mirada azabache. Arsénico en la sangre y los huesos helados de aquel que vive del odio en estado de muerte matando la gracia de los otros.

Arsenia López, así la llamaban los camioneros. Ella, queriendo encender su piel, elige quemarse con el más indefenso y la pira de su pecado consumiendo el alma de un infeliz sin suerte y lo estafa, lo denigra; no sabe que el amor no se exige, que brota como la sangre y duele como una herida.

Obra con el despecho de quien no se siente correspondido, blandiendo la espada de la venganza, la blasfemia, la trampa, sin saber, sin esperar que el pobre recibe y también espera.

Pero la ira aumenta y acecha en la oscuridad, se hace persona y el jadeo de la fatiga agota la tolerancia. Nace la dignidad equivocando los caminos y una mano temblorosa, conteniendo un hierro entre los dedos húmedos, se alza en la sombra.

La cabeza cruje y se derrama en la silla. Cae Arsenia López exhalando muerte; en una mano la libreta negra, en la otra, el lápiz rojo. Sólo quedan la espesa bruma y el ronroneo de un motor que se aleja.


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