La niña pensaba en lo indiferente que le era una comida servida en su plato, los aromas que provenían de la cocina anunciaban un almuerzo prometedor, el comedor era la antesala de su tortura y ahí comenzaba la ceremonia de la inapetencia, ella era la única protagonista.
Ya sentada a la mesa observaba degustar a los adultos los manjares de la abuela según comentarios de los comensales de su núcleo familiar. La pesadilla se instalaba, los regaños de su madre y las palabras dulces y persuasivas de la abuela, no por ello tediosas; entonces comía un bocadillo y eso ya bastaba.
Se sentía discriminada por estos adultos incomprensivos, era un pecado no tener apetito, claro, el tema era la poca alimentación; pero luego llegaba la tarde y, con ella, la tan ansiada “merienda”. Sí, el olor de la cascarilla hirviendo en la leche plagiando un chocolate perfecto que no podía beber, el fantasma de la alergia fastidiosa se lo impedía, pero aunque en ese vaso con manija la espumosa la leche con un suave color de cacao no era un submarino, mitigaba esa carencia; la bombilla le daba placer a esta bebida y la niña la sorbía con deleite.
La comida no era su desvelo, quizás por otras cosas que todavía no sabía. Hoy los años volaron y es ella la que anuncia sus delicias, no quiere que nadie se quede fuera de su mesa.

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