Sopla un viento de esos fantasmales como el que limpia los ardores al terminar una batalla. Aquí, los años son los soldados de una guerra de antaño donde las historias pujan por surgir de las páginas de la eternidad.
Entro en este retazo de recuerdo, sé que todo está yermo, frío y con las cenizas del pasado que no deja de burlarse con la carcajada cósmica del universo. Sin embargo, camino segura y anhelante, huelo el vapor de la locomotora en un atardecer de invierno; barrera baja con la banderita roja flameando en la mano del señor de los trenes.
La máquina aúlla en la tarde y entra a la estación. El farol amarillento ilumina los destinos en aquel ayer de frío, los hombres del ferrocarril, sólo ellos están presentes, nadie baja ni sube y los baúles descansan en el andén cerrados con unos enormes candados pintados por la corrosión de la vida.
Pero en un momento, una pareja se perfila en la oscuridad, van del brazo, pretenden abordar el último vagón sin maletas. Con paso apresurado llegan al estribo, logran ascender, testigos de una época remota con sus ropas color sepia, sombreros tan serios y formales como el saludo que les dedica el señor del farol negro.
La locomotora ruge quemando el carbón en su entraña, alguien grita muy fuerte:
- ¡Último tramo!
Menos mal, pudieron salir de la telaraña del tiempo sin quedar atrapados en la vía muerta.

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