
Un padre y un hijo, la adolescencia y la madurez intercambiando palabras, consejos y caminos. Se los oía coloquiar al paso y, con un abrazo recíproco, caminaban con decisión, pero un día el hijo tomó un atajo equivocado y se perdió en la bruma de un naufragio espiritual.
Han pasado muchos inviernos con sus impías tempestades, un padre de cabellos blancos cansado de preguntarse porqué; abatido de ausencia recuerda la sonrisa de su muchacho, creciendo bajo su ala protectora. Asistiendo su vuelo preparaba el terreno para el despegue.
Los pensamientos eran tan fuertes que por fin llegaron a un destino incierto, iluminando el estrecho pasillo hacia verdad. Al final de este túnel lo esperaba su hijo, ya tenía algunas canas, el calendario implacable comenzaba a dejar huellas. El abrazo fue definitivo, las energías volvieron a encender las luces despejando la bruma.
Amanece el verano en este día y es entonces donde el padre comprende el porqué de la partida; balbucea un perdón húmedo de lágrimas. El encuentro fue un huésped de un sueño perdido.
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