
Yo no tengo nombre, soy un testigo solitario que cuenta lo que vio a través de un vidrio recortado pero con la nitidez de mi corazón asustado. Una triste historia en un pueblo chico y de un infierno muy grande, una caldera de chismes baratos, algunos verídicos y salvajes como éste.
Un núcleo familiar teñido de engaño y miseria, un niño sin amor de madre, ella, la eterna ausente pero a su lado una costumbre helada anunciando una cruel partida. Una mujer liviana escondiendo una febril mirada, una boca roja que a su hijo jamás besaba; había un hogar sin tibiezas ni palabras tiernas. Ella, una perdida disfrazando el rol de madre, yo la veía desde mi ventana opaca, esa la madre de Ernesto, la que abandonó el nido en busca de pasiones lujuriosas, asesina de corazones.
Su peor pecado, el regreso al pueblo para trabajar en lo que siempre fue su verdadera profesión, vender la piel y el alma dejando el nido vacío, condenando a Ernesto y a su padre a una vergüenza eterna. No le importó, ganó la carne pero Ernesto estuvo en su entraña. El olvido es criminal, ella, la célula maligna de este núcleo que terminó con la vida de dos parias.
Yo vagabundeo por las calles buscando un vidrio roto, aún sopla la brisa del verano, a lo lejos un niño llora y un padre grita de vergüenza; ellos se han ido pero perduran las huellas.
Un núcleo familiar teñido de engaño y miseria, un niño sin amor de madre, ella, la eterna ausente pero a su lado una costumbre helada anunciando una cruel partida. Una mujer liviana escondiendo una febril mirada, una boca roja que a su hijo jamás besaba; había un hogar sin tibiezas ni palabras tiernas. Ella, una perdida disfrazando el rol de madre, yo la veía desde mi ventana opaca, esa la madre de Ernesto, la que abandonó el nido en busca de pasiones lujuriosas, asesina de corazones.
Su peor pecado, el regreso al pueblo para trabajar en lo que siempre fue su verdadera profesión, vender la piel y el alma dejando el nido vacío, condenando a Ernesto y a su padre a una vergüenza eterna. No le importó, ganó la carne pero Ernesto estuvo en su entraña. El olvido es criminal, ella, la célula maligna de este núcleo que terminó con la vida de dos parias.
Yo vagabundeo por las calles buscando un vidrio roto, aún sopla la brisa del verano, a lo lejos un niño llora y un padre grita de vergüenza; ellos se han ido pero perduran las huellas.
Comentarios
Publicar un comentario