
El soplo vertiginoso de una vida delata nuestros años. No siempre se representa la edad en el rostro o en el andar peregrino de todo los días, la existencia tiene a veces algunos vacíos, horas gastadas de tareas cumplidas, crueles sinsabores que nos castiga la piel del alma.
Ordenando fotos viejas de personas que no conozco, héroes de un pasado que devoró un reloj de antaño; familiares olvidados lejanos pero con algún nexo de sangre. Me detengo en una, por supuesto en una opaca color sepia, sí, un señor de canas poblando todavía una incipiente calvicie. Ojos pequeños, nariz prominente, rostro anguloso enmarcado por unos lentes de armazón negro que le dan un toque de lectura frecuente.
Me impresiona su boca surcada de pliegues ajados, como si estuviese sellada, el señor del silencio, de palabras muertas. La expresión de seriedad absoluta quizás ahoga un llanto seco, la severidad que aparenta, fruto del calendario que agobia su espalda. Todavía brillan sus ojos cansados, ríen por dentro guardando secretos y vivencias ¿quién eres, señor de otro tiempo?
Hoy revivo tu imagen, has dejado un recuerdo, alguien retrató tu presencia y yo en este día te pienso, aunque no tengo a quien preguntarle, sin embargo, eres un hijo de la vida que vino a mis manos en esta tarde.
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