Los corceles marchaban al ritmo exigente de sus pensamientos,
sin cochero, no hacía falta,
ella desde adentro marcaba el paso de la marcha.
El coraje se enfrentaba con el miedo y ahí triunfaba la lágrima.
Siempre sola en estos planos, el abrazo ausente y
el beso perdido en la oscuridad del alma.
Pero a veces vencía soltando un torrente de palabras,
habitando un cuaderno tímido y distraído.
Ése era su aplaudido séquito de poderosas reflexiones,
su pluma bordaba filosofía.
Cuando lograba entrar en el paraíso, no había lugar para ella,
alguien llegaba primero y aún dentro inmóvil,
sobrevenía el coraje, fortaleciendo la catarsis de su poesía.
Ahora está vestida de fiesta y ha descubierto
el caudal que antes se escondía.

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