Entre tantos testigos de un tiempo que se fue aparece el tren de madera que jamás se rompía, sólo soportaba la mano de un niño desarmándolo una y otra vez; la locomotora con cara de payaso, festival de colores en un mundo especial.
Los actores inquietos cambiando los roles, hoy maquinista, mañana el señor pica boletos, en fin, todos pasajeros de la inocencia auténtica en la estación de la alegría esperando el arribo del tren.
En un flash repentino surge la imagen de los adoquines gastados de ese ayer, siestas jamás cumplidas, el escape seguro, reunión en la esquina de Díaz Vélez y Pasaje King. Hoy los adoquines han muerto bajo una capa de asfalto cruel pero necesaria, añoro todo eso, mi todo y yo también.
Entre mis manos un calendario presuroso suelta las hojas amarillas, no las puedo detener, ¿el tiempo me ha robado? No, no es verdad, ha hecho su trabajo, es inexorable su marcha. Comprendo y sigo esparciendo unas fotos amarillas como las hojas que el calendario dejó escapar.

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